Me cuesta sustraerme al embrujo de la cultura norteamericana. Aunque no sea difícil imaginar una existencia futura sin malas películas de Hollywood, pésima música comercial, hamburguesas y series de televisión, quizás mi infancia hubiera sido un poquito distinta sin caballitos de plástico con olor a frutilla; mi adolescencia mucho menos épica sin bandas de rock de la costa este y oeste; y mis treinta más estresantes sin Apple. Lo cierto es que la lista de los bienes culturales e industriales que Norteamérica derrama sobre el mundo amenaza con volverse infinita, y ese influjo omnipresente y omnipotente en nuestra vida cotidiana de lo norteamericano vive en nuestros deseos, en el ropero y en el supermercado, en cada actividad recreativa o intelectual, de la manera más peligrosa de todas: sin que nos demos cuenta. La cultura norteamericana es ciertamente fascinante. Llega a alturas de aberración insondables, siempre con máxima eficiencia y generando tanto derroche energético y contaminación como sea posible, para que quede claro que Estados Unidos es una gran potencia a la que nadie le dice cómo hacer las cosas. Su fe en la libertad y el bienestar de la humanidad se expresa en un amplio espectro de objetos y prácticas, que abarcan desde la invención de soluciones útiles a problemas prácticos insignificantes como abrir una lata o cortar una manzana en octavos del mismo tamaño, hasta la eliminación de líderes políticos de países con buenas reservas de petróleo, previamente acusados de dictadores y terroristas. Su doble moral es un dato tan cotidiano como escandaloso, y aunque existe un conjunto no menor de intelectuales y científicos autocríticos, para el común de los norteamericanos su cultura no solo es la mejor sino la única. Y aun así… hay algo poderoso en lo norteamericano. Lo mismo en su comida, que es como una rip curl, esa corriente marina tan peligrosa que es capaz de tragarse al mejor nadador, y a la que los surfers son adictos. No me bastarán mil posts para reflexionar sobre sus encantos y peligros, porque hablar de la comida norteamericana es hablar de una cultura excesiva por donde se la mire, y en ese exceso compleja, por momentos grotesca pero siempre atractiva, incluso adictiva. Desde los archivos de mi memoria, aquí un primer resumen de las muchas emociones encontradas en la zona de Palm Beach donde, por cierto, la pasamos espectacular:
1. Guanabanas. Es como estar en la Isla de Gilligan sin Gilligan. Vista paradisíaca, palmeras, sombrillas de paja, corredores de madera y ventiladores con mist. La atención es casual y hasta perezosa, aunque todo llega rápido y bien. De entrada comimos unas empanadas (sí, con ese nombre) de pollo y queso, con salsita agridulce de jalapeños que el fritito se tragaba al toque. Y luego grouper (mero), uno de los tantísimos pescados disponibles en Florida, donde la oferta me parece mucho mejor que en Buenos Aires (¡basta de merluza!). Yo elegí la versión blackened, una técnica culinaria de Louisiana que consiste en pasar el pescado por manteca y luego por una mezcla de hierbas y especias picantes, para después cocinarlo en una plancha súper caliente hasta que quede un toque crujiente por fuera (y muy rico). Vino con cole slaw y house salad, con lo cual quedé de cama aunque traté de bajarlo con limonada. Salva pidió el suyo en otra variante muy recurrente en los menúes floridenses: con lemon butter y vegetales (la mayor parte de las veces zapallitos y zanahorias), un poco más inespecífico. Muy lindo para ir al mediodía después de la playa. Unos 22US$ por persona. 3/5 julinarios.
2. Sushi Yama. El local no tiene mayor atractivo, ubicado en uno de los muchos núcleos comerciales rodeados de parking lots que parecieran constituir el único planteo urbanístico típicamente norteamericano. Pero el pescado es inolvidable. Compartimos con Salva un Love Boat (sí, también con ese nombre), que incluía unas 40 piezas de sushi divididas en sashimi de atún rojo fresquísimo y fuerte, salmón rosado, mahi suavecito y tierno y otro blanco que desconozco, más pescadoso y tirante, not my favourite. Venían también niguiris de langostinos y pulpo y rolls de todos los diferentes pescados. Muy bueno el jengibre agridulce. De gula nomás cerramos con un tempura helado gigantesco, demasiado bestia para el standard sutil de la noche, totalmente innecesario. Acompañamos con cerveza y agua y costó unos 27US$ por persona. 3.5/5 julinarios.
3. Havana. Por el local no darías ni dos pesos desde afuera, aunque adentro tiene un charme latino anticuado que es un respiro de la estética yanqui que iguala todo. Se come comida cubana de sabor sensacional, aunque un toque pesada para las temperaturas de Florida (o sea: comés y te vas a dormir la siesta… aunque eso, ahora que lo pienso, es la norma en cualquier restaurante). Probamos el aguacate (palta) con “ropa vieja” (carne cocida con pimiento, cebolla y tomate y desmenuzada una vez tiernita), una combinación impensada y muy sabrosa, que venía además con yuca hervida y tostones (plátano verde frito), más una salsita de aceite y ajo. Salva comió un grouper con ensalada mixta que estaba sabrosísimo y que yo le copié muchos días después, y terminamos con un platito compartido de guayaba en almíbar con queso crema, un gran momento. De beber, jugos de tamarindo y guayaba, frescos y dulces. Muy barato para la calidad de la comida, unos 25US$ each. 4/5 julinarios.
4. Cantina Laredo. Una gran entrada frente a otro gran parking lot, y un interior a primera vista suntuoso, a media luz. Habíamos ido ya hacía unos años y comido un guacamole muy bueno, así que repetimos: lo hace en el momento el mozo en un mortero, con palta, tomate, cebolla, cilantro y lima, para acompañar con nachos poco salados, muy ricos. Como principales pedimos por un lado el “Camarón poblano asada”, un nombre de plato muy extraño que sospecho señala el origen netamente anglo de este restaurante de comida mexicana, y que consiste en un corte de carne asada que envuelve una mezclita muy suave de hongos, cebolla y queso fundido, con un “chimichurri” muy poco chimi y bastante verde, más arroz (un poco seco) y vegetales (zapallitos). Por el otro, enchiladas de mole, unas tortillas de pollo bañadas en mole, una salsa espesa, dulzona y picantita de pimientos, con el mismo acompañamiento que el otro plato y un poco más aburrido y repetitivo. Tomamos agua y todo salió unos 28US$ por persona. 2.5/5 julinarios.
5. The Cheesecake Factory. Enorme cadena de restaurantes, ofrece un menú extensísimo además de sus conocidas cheesecakes, que me gustaron mucho hace unos años y menos esta vez. Los locales son rarísimos, una mezcla de Domus Aurea e Indiana Jones en el templo de la perdición, y la atención súper amable al mejor American style. Siempre están desbordados de gente, aunque todo llega bastante rápido. Probamos por un lado la seared tuna tataki salad, o sea una ensalada de verdes y palta con atún rojo apenas sellado acompañado de una salsita de wasabi, una combinación que vi hasta el hartazgo en muchos otros restaurantes y que, hay que admitir, es muy eficaz. Por otro lado, un mahi mahi un poco raro porque venía bañado en tomate y albahaca, con puré de papas con ajo, bien untuoso y denso. Acompañamos con una Blue Moon Belgian white, cerveza de trigo como la que me gusta a mí, y litros de agua que llegaba sin parar. De postre nos excedimos con una cheesecake muy mal elegida, de chocolate y no sencillita, que no era nada del otro mundo. En términos generales no se come mal, todo tiene mucho flavor, eso tan exigido por los norteamericanos, pero tiende a dejarte de cama y si repetís al poco tiempo pierde todo su encanto inicial. Se pagan unos 22US$ per cápita. 3/5 julinarios.
6. Waterway. El lugar tiene una vista preciosa y en la parte de adentro cuelgan canoas de madera que le dan cierto charme. Fuimos solo al mediodía y debe ser su momento ideal. Probamos el sandwich de dolphin (no, no es delfín sino un pescado blanco de carne bastante suave), que venía en enormes panes con tomate, lechuga y gigantescas papas fritas, y que Salva comió al plato, y la ensalada griega con atún: verdes, pimientos asados, pepino, tomate, aceitunas, cebolla y queso feta, más un enorme lomo de atún solo sellado, y vinagreta ya incorporada (algo que no me gusta tanto), en conjunto realmente un festín. De postre, un helado demasiado cremoso y de beber mucha agua constantemente refilled, detalle típico de estos lugares que me causa gran satisfacción. Unos 20US$ por persona, 3/5 julinarios.
7. Carmine’s. Es un pequeño mercado con productos frescos, comidas preparadas y góndolas con todo tipo de condimentos, desde sal del Himalaya hasta arroz con extracto de bambú. Perfecto para comprar regalos gourmet o aprovisionarse de buenos cortes de carne y pescado, verduras que parecen recién cosechadas, antipasti de todo tipo y frutas exóticas (aunque estas últimas tienen más pinta que sabor). Podría pasarme horas ahí adentro, ya que además tienen vinos de todas partes (una selección bastante mejor que la media del supermercado), helado y todo tipo de lácteos. Y además hay un restaurante, La Trattoria, que desgraciadamente no fotografié ni apunté, aunque es uno de los lugares donde mejor comimos, sin lugar a dudas. No solo el escenario es muy lindo, con vista a una marina, mesas con mantel blanco (cosa rarísima), buena vajilla y cristalería, sino que el servicio y la comida realmente sobresalen por su tradición italiana bien entendida, no como en tantísimos otros restaurantes ítalo-yanquis que son un completo fake. Probé un risotto con langostinos excelente y de postre un tiramisù-tiramisù. Gran lugar. Unos 30US$ por persona, 4/5 julinarios.
8. Seasons 52. Creo que es mi preferido en la zona de Palm Beach. Fuimos tres veces y nunca nos defraudó. Además está lejos de aburrir, porque cambian el menú estacionalmente y la comida, que viene en porciones pensadas para no asesinarte (algo muy raro por acá), es espectacular. Empezamos con unos flatbreads, una suerte de pizzitas alargadas, de masa muy fina y crocante, con distintos ingredientes como champis y espinaca, tomates y albahaca, etc. Como principales probamos el cordero asado, que venía con puré de papas trufado y espárragos en su punto, todo delicioso, y el Arctic char, un salmónido para el que no encuentro traducción correcta, que venía sobre papas, chauchitas verdes y una salsa bastante espesa y bastante picante, de ¿pimientos? Otra vuelta probé el salmón más rico de mi vida: cocinado sobre una plaquita de cedro, había tomado todo el sabor de la madera y todavía lo recuerdo como algo difícil de igualar. De postre, dos mini indulgences, como llaman en Seasons 52 a los vasitos con distintos contenidos que te ofrecen para terminar: el pecan pie con mousse de vainilla, y el de chocolate belga con algo crocante. El servicio es súper atento y el lugar, aunque un poco oscuro, tiene algo intimista y agradable, además de una linda vista al agua. Unos 30-35US$ por persona. 4/5 julinarios.















































