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Trash food

Trash food

Aeroparque Jorge Newbery, Ciudad de Buenos Aires

Después de muchos cambios de horario, volamos a Bariloche el sábado pasado a una hora en que suele darnos hambre. Sin esperanza de ser alimentados en el avión (aprendimos una vez que nos dieron… un pedazo de pan), optamos por comer en el segundo piso de Aeroparque. Grave error.

Expectativas, en rigor, no teníamos: rápido entendimos que éramos presos de la oferta gastronómica del lugar, de sus precios, todos sin excepción elevados, y de la pésima comida y atención. En cambio tuvimos fe. Pero la fe no garpó.

El lugar. Al subir nos dimos cuenta de que el patio de comidas de Aeroparque es como el patio de comidas de cualquier shopping mall, que evitamos con éxito en la mayor parte de nuestra vida normal. Ruidoso (las sillas chirrian sin pausa), oscuro, grasiento, es un gran expendedor de productos uniformemente caros, pero malos (para usar una expresión acuñada por mi padre); lleno de padres aturdidos, chicos gritones, turistas que no comprenden, hombres con traje que hablan por celular. Salvo el “local” de Sushiclub, que parece haberse extendido como una plaga por todo Buenos Aires, y que ofrece mesas de decoración menemista, vestidas de blanco, y platos de porcelana, el resto vive a base de plástico: bandejas, platitos, tenedores y vasos son todos de ese tan ecológico material.

La comida. Es una porquería. Lo sabíamos antes de pedir; lo fuimos comprobando durante la espera de ¡veinte minutos! que tuvimos que aguantar antes de que saliera el pedido (gritado a viva voz por una chica con problemas de nervios); lo declaramos oficial al degustar: ¡trash food! Y eso que tardamos un rato en decidir dónde comer. Primero verificamos que la comida era más o menos la misma en todos los locales, luego que los precios eran siempre parecidos, y finalmente optamos por La Banderita, que tenía tartas a la vista, empaquetadas, que me hicieron pensar que tal vez serían mejores por no haber sido hechas en el local en sí. Salva eligió un menú: hamburguesa “completa” con papas fritas y un vaso de gaseosa. Años de espera, coloreados por el intento de la cajera de convencer a un gringo de que había pedido algo que no había pedido, y la comida salió. Amarrete en papas fritas, compuesto de un paty plástico con queso fundido, lechuga y tomates insípidos y un pan súper industrial, el menú no se lució. Tampoco la tarta de calabaza, con todo un poco mejor: un puré naranja sin mayor condimento; sin queso; sin gusto; sin alma. Mi culpa: ¿por qué esperar más?

La verdad de la milanesa. Por esa bazofia, comida a las apuradas, pagamos $40. Queda claro que preferiremos morirnos de hambre antes de repetir. Le daré 0,1/5 julinarios.

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Carlitos’ Way

Eduardo Costa 902, Acassuso, 4798.7108

Eduardo Costa 902, Acassuso, 4798.7108

Hasta hace algunos años, Zona Norte era una total desconocida para mí. Y sigue siéndolo en ciertos aspectos, pero en el gastronómico la siento más familiar. Ya hablaremos en otra ocasión de lo que esta área suburbana tiene para ofrecer, pero concentrémonos hoy en Carlitos, que visité apenas antes de ayer.

Expectativas. Aunque no sea un ícono de mi adolescencia, como veo será para muchos de sus asiduos comensales, siento que he ido mil veces a este restorán. Porque El Amanecer de Carlitos, tal su nombre real, tiene ese componente clásico que lo vuelve digno de mitificación. Cualquiera que haya probado sus panqueques sin duda comprenderá. But let me explain myself.

El lugar. En términos de arquitectura, Carlitos se parece a Perica, o peor. Se parece a lo que es: un antro de comida rápida, decorado estilo años 80-90 (aunque me consta que hubo una reciente remodelación), con potus colgantes que me pregunto cómo sobrevivirán, sillas de tapizado plastificado, heladeras con gaseosas e infaltable kit de condimentos sobre las mesas de melamina color haya, fáciles de limpiar. ¿Qué tiene esto de bueno?

La comida. Pues bien, que dada la sencillez del lugar, lo importante aquí será lo que hay para comer: una infinita variedad de panqueques dulces y salados, una más modesta selección de sándwiches, ensaladas y hamburguesas, cervezas artesanales, gaseosas de todo tipo, papas, batatas y cebollas fritas y ya está. Fundamentalistas de la rúcula, abstenerse. Aprehensivos del aceite, también. En Carlitos se comerá a lo gordo, pero súper barato y aun así muy bien. Nuestro pedido consistió en un sándwich de lomo, tomate, lechuga, panceta, huevo y cebolla; un panqueque de mayonesa de zanahoria, choclo y berenjenas y otro de salchichas, queso y berenjenas. Lo hicieron en un minuto y llegó muy caliente, generoso y llenador. El sándwich, una exageración en todos los sentidos: cantidad de ingredientes, tamaño del lomo, proporción de queso, etc. A tal punto que Salva se negó rotundamente a dejarnos pedir un postre y hubimos de abandonar nuestra determinación. Los panqueques, algo más livianos (y tengo que aclarar aquí que el menú contempla opciones “naturistas”, con masas integrales y sin sal), aunque no menos gruesos y esponjosos (entiéndase que no son crêpes), vinieron, como siempre, gigantes e infinitos, y aunque al mío le faltaba un poquito de sal, lo encontré delicioso igual.

La verdad de la milanesa. Aunque los fines de semana el lugar explota, se vuelve difícil conseguir mesa o hay que esperar y el servicio tiende a verse superado por la situación, el martes había poca gente y nos atendieron de un modo eficiente, correcto, rápido y bien. Tomamos agua y gaseosas, comimos como he dicho y pagamos $75 entre los tres, con propina incluida. ¿Verdad que merece recomendación? En su género, claro que sí. Le daré 3/5 julinarios.

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